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El primer día

Hoy he recordado el primer día que nos vimos, una tarde de Invierno a las tres y cuarto en el mismo sitio de siempre. Tal vez sea algo extraño pero recuerdo ese día como si fuera ayer, un viernes que hice campana como de costumbre pero esa vez fue para verte a ti, en ese momento no sabía que ibas a ser tan importante para mí. Aquellos nervios que tuve durante toda la mañana fueron aumentando poco a poco hasta que subí al metro dirección a conocerte, en esos diez minutos de trayecto me entraron muchas dudas en la cabeza, miedos estúpidos y pensamientos que tan solo hacían que me ahogara en mi propia inseguridad. Cuando por fin llegué a mi destino, al bajar del metro me quedé cinco minutos sentada en el andén porque todavía no me veía capaz de salir al exterior, en ese momento empecé a pensar que tal vez había sido un error quedar porque creía que no era lo suficiente buena como para poder gustarle a alguien como tú y tenía miedo a que me volvieran a hacer daño, esa era la razón por la que no me permitía ilusionarme hasta que te conocí. Después de pensar en esas estúpidas cosas, te envié un mensaje diciéndote que ya había llegado y subí hacia la salida con todos mis nervios bailando por mi cuerpo. Pasaron los minutos lentamente, hasta que de reojo pude ver como poco a poco te ibas acercando por la izquierda y cuanto más te acercabas más nerviosa estaba, pensé que me iba a estallar el corazón y entonces llegaste, fue escuchar tu voz y sonreír sin pensarlo.

Por supuesto seguía nerviosa y no quería fastidiarla hablando, soy tan torpe que hasta me tropiezo y me lío con las palabras que pienso y quiero decir, aún así me sentí cómoda desde la primera palabra que solté, nunca me había sentido tan bien con alguien en tan poco tiempo. El recorrido que hicimos fue largo pero se me hizo corto, aunque para mis pies seguro que pasó una eternidad. Estuvimos hablando de muchas cosas y se perfectamente que no dejaba de sonreír en ningún momento, créeme que era un acto involuntario de mi cuerpo. Al final me llevaste a un parque, el que más me gusta de Barcelona y nos sentamos en un banco para hablar más porque así es como se conocen las personas mejor, la verdad es que te escuchaba con toda mi atención posible y ya estaba convencida de que me gustabas porque en poco tiempo conseguiste hacerme reír como nunca nadie lo había conseguido antes. Poco después saqué la merienda que te había prometido, unas deliciosas ensaimadas de crema, que por cierto me pareció un completo pecado que jamás las hubieras probado, en realidad esto me hace gracia recordarlo porque todo vino por el estado que tenías puesto en tu móvil, una enorme tontería que hizo que ganaras una merienda gratis, quien te lo hubiera dicho cuando te lo pusiste. Una de las conversaciones que mejor recuerdo fue la que tuvimos sobre mi pasado, como era antes cuando sentía que no encajaba y quería desaparecer, me parece que fueron los únicos minutos que dejé de sonreír pero en seguida supiste hacerme reír. Sinceramente me sentía tan cómoda contigo que quería parar el tiempo y no irme de aquel banco, seguir acurrucada en tu hombro y jugar con nuestras manos hasta cansarme. Entre tontería y tontería al final me besaste y a pesar de todo yo me sorprendí, que idiota era, ¿verdad? ¿Te acuerdas de lo que te dije? Por cada beso que me dabas no dejaba de reírme y me preguntaste que era lo que me hacía tanta gracia, tardé una eternidad para responderte porque la vergüenza que tenía era real, cuando te dije que me parecía imposible que alguien como tú se pudiera fijar en alguien como yo, me miraste riendote y me soltaste que era tonta por pensar eso y que no todos los tíos eráis iguales. Antes de conocerte ya había asumido que todos sí eráis iguales, supongo que cuando me convenzo de algo después pasa extacmente lo opuesto y me acabo sorprendiendo siempre, en este caso tu fuiste mi gran sorpresa.

Y ya llegamos al desenlace de nuestro primer día, de noche subiendo poco a poco por Arc de Triomf para coger el tren y despedirnos. Te miraba como llevaba toda la tarde haciendo, me reía y sonreía sin poder evitarlo hasta que me hablaste para decirme que nunca habías conocido a alguien que se pasara tanto tiempo riendo y que eso te gustaba, en ese instante me puse a pensar que yo nunca era de esa forma y no sabía porque contigo sí. Finalmente llegamos donde nos teníamos que despedir y después de tantas horas vigilando para no cometer ningún error por mi torpeza, va la máquina y se traga mi tarjeta de transporte, que vergüenza pasé por unos segundos, menos mal que después la escupió y la pude coger. En serio, estas cosas solo me pasan a mí. Me esperaste al otro lado y cuando llegué a ti me hiciste la misma broma que todavía sigues haciendo, decir adiós e irte sin más mientras te ríes, la verdad es que me quedé parada y por unos segundos pensé que ibas en serio pero te diste media vuelta, me besaste por última vez y después solo quedó decirnos adiós, todavía no me acostumbro a escuchar esa palabra, me resultan tan incomodas las despedidas de cualquier tipo. Bajé al andén, tu estabas al otro lado de la vía, nos miramos y me enviaste un mensaje de texto: Tonta. Y tal cual como dice la palabra, me puse a sonreír otra vez.




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